La Patagonia es un extremo, es un límite,
es un rincón del mapa y del mundo. Un rincón pero inmenso
y que abre un territorio de maravillosa presencia natural. Se trata de
ascender cerca del cielo, de inventar caminos. Se trata del Neumeyer,
del Frey, del Jacob.
CAMIONETA Y CAMINATA EN EL NEUMEYER
Montados en una 4x4 que levanta nubes de polvo, a medida que ingresa al
territorio custodiado por las montañas, marchamos deseosos de conocer
ese "universo refugiado". Adán, un amigable guía,
va al volante, y nos describe el recorrido del río Ñire
y las diversas especies vegetales que podemos disfrutar. Vestigios de
incendios pasados aún tiñen con sombra oscura grandes manchones
de bosque. De a poco penetramos en una tumultuosa arboleda de lengas.
El sol centellea en las hojas verdes que regala el verano. Verdor luminoso
que en otoño podría tornarse rojizo, amarillo y anaranjado,
y en invierno una blanca sábana de nieve. Ya divisamos la casa
de madera. La cercanía al refugio se manifiesta en el suelo con
una alfombra tupida de doradas amancay, flores como pequeñas y
exóticas orquídeas.
Estamos a 1.320 metros de altura del Valle Challhuaco, al sur de la ciudad
de San Carlos de Bariloche. El camino se detiene junto al refugio Neumeyer
que nos regala el cobijo cálido del fogón encendido. Unas
mesas con bancos, biblioteca y cantidad de fotos y recuerdos coronan las
paredes construyendo un espacio acogedor. Desde las ventanas amplias puede
disfrutarse la magnificencia del bosque que nos rodea.
Ricardo, el refugiero, nos ceba silenciosamente unos mates de bienvenida.
Es que la gente de montaña parece tener un alma sosegada y empapada
de silencio y una mirada aguda, con la serenidad y profundidad que otorga
la altura; todos los aditivos existenciales que nos faltan a los habitantes
de las urbes. Se respira esa presencia en las personas; presencia que
es el mejor refugio.
Desensillamos las mochilas y salimos a recorrer alguno de los senderos
guiados, preparados para caminar ¡todo el día!
Desde el Neumeyer llegamos al mirador del valle, allí se ve panorámicamente
toda la zona y cada retazo colorido de los cerros que con la vegetación
y la luminosidad de la tarde adquieren diversos matices. ¿Creían
que la cima de una montaña era una punta pequeña, un territorio
estrecho? Nada de eso. Arriba, tan arriba, tan alto y cerca del cielo
hay un mundo para descubrir. Miradores, lagunas, mallines, bosques en
los que perderse e imbuirse de calma. Cerca de allí y antes de
llegar al mirador nos detuvimos en la heladísima Laguna Verde,
y a duras penas sumergimos los pies, en esa masa de agua transparente
y muy, muy fría. En invierno toda esa superficie se transforma
en hielo.
La siguiente mañana la dedicamos a la caminata hacia el Valle
de los Perdidos, extraño lugar donde se ve la intersección
de diversos cerros, con diversos tonos y colores, ubicado en el extremo
opuesto al Valle del Challhuaco. Los tábanos estaban insoportables
y cuanto mayor era nuestro deseo de ahuyentarlos más nos molestaban.
De todas formas nos aislamos un rato y la alusión al perderse o
hallarse en un valle en la montaña nos recordó a Zaratustra.
El eco de sus palabras parecía resonar frente a la inmensidad de
las rocas: "Retírate a tu soledad, hermano, llevando contigo
tu amar y tu crear. Amo al hombre que quiere superarse creando".
No sabíamos si crearíamos algo o no, pero sí inventaríamos,
o trataríamos de inventar los modos prácticos de zafar de
los insectos molestos. Nos sentíamos superhombres matadores de
tábanos. ¿Se enojaría Nietzsche?
ASCENDER SIN ALAS
¿Qué significa ascender montañas? Es vencer un obstáculo,
es atreverse a violar la lejanía que nos imponen de antemano. Y
por qué no, es también ejercer la tarea de simplificar al
máximo el equipaje; la mochila carga lo absolutamente imprescindible,
deshaciéndose de lo superfluo y del peso innecesario. No podemos
llevar todo. Llevamos algo, y la elección no es arbitraria. Se
trata de llevar la espalda liviana, en actitud de desnudez, o de ir "descalzo"
de lo inesencial, con sólo la potencia de nuestra alma como impulso
y materia viviente. Ser ágiles, como bailarines de alma gozosa,
deshaciéndonos del espíritu de pesantez que nos hunde hacia
abajo. Ser danzarines, ser escaladores, ser aves. Y ascender. Y volar.
Volar sin alas. O con alas, pero no de plumas.
¿Por qué refugiarnos? ¿De qué refugiarnos?
De algo o de mucho necesitamos protegernos para ascender a esas regiones.
Un deseo entrañable nos llama a las alturas. ¡Qué
sensación placentera pensar que en algún lugar pueda haber
un sitio donde guarecer nuestros cuerpos agobiados y nuestras almas cansadas!
Buscamos un refugio que nos esconda de los efectos de los aires tediosos
de las urbes contemporáneas. Un refugio para distanciarnos de las
masas de hombres abrumados, del tiempo acelerado e indolente de las ciudades.
Una guarida que nos albergue lejos del olor a humo y del cemento pálido.
Intentamos cobijarnos en un espacio afectuoso, en un abrazo de la naturaleza.
EL FREY. FILOSOFÍA DEL MEDIODÍA
EN LA MONTAÑA
Amanecer soleado. La cresta del cerro Catedral se divisa en la lejanía
con cúmulos blanquecinos. Quizás sea el día para
elevarse hasta el refugio Frey, a través del filo del monte.
Con la aerosilla llegamos hasta el tercer tramo del Catedral, y desde
allí, sorteando el territorio que recorren todos los egresados,
nos apartamos de su bullicio para acceder a la montaña. Una suave
colina, que luego se vuelve ladera empinada, aparece cubierta de nieve,
aún en verano y con trazos dibujados como deslizamientos de piedras,
de caminantes o desmoronamientos de blanca materia. Ahora, podemos ingresar
en su espesor con nuestra pisada firme. Paso seguro, clavando las botas
en el colchón de nieve. Sí, es imprescindible agudizar la
precisión porque cada movimiento está habitado por la posibilidad
de ascender hacia la cumbre y por el peligro de caer cuesta abajo.
Arriba, avistamos un límite en la ladera, un borde, un fin, y
luego cielo. Las piernas no se detienen y la mirada se clava allí
como un lugar a ser alcanzado. Sucede que se ofrece a nuestros ojos humedecidos,
mezcla de emoción y viento en las pupilas, un abanico de cadenas
montañosas. Una sucesión infinita de picos, crestas, abruptos
precipicios, magníficas elevaciones. La visibilidad es excelente,
el día está muy despejado, por eso podemos ver el volcán
Lanín y el cerro Tronador, coronado por suaves nubes como un velo
de misterio que lo envuelve y nos conmueve. Estamos en el techo del país,
respirando los aires más puros y elevados.
Un diminuto sendero, bosquejado en la roca como un caminito de hormigas,
nos conduce del otro lado del cerro. A la derecha, se abre el precipicio
que parece absorbernos, entonces hacemos contrapeso con el cuerpo hacia
el cerro. Caminamos mirando sólo para adelante. Las piedras que
se desprenden al andar caen al abismo sin detenerse.
Atravesar peñascos, subir pendientes, bajar laderas, trepar rocas
escarpadas. Las piernas no son suficientes, todo el cuerpo y el alma se
comprometen en la peripecia. En cada tramo una geografía pedregosa
diferente. Cúmulos nevados, rocas amarillas, luego azuladas o rojizas,
cada territorio inaugura un color, un aroma, una sensación. Cada
curva en la montaña, cada respiración trae un viento nuevo.
Viento de altas cumbres y lejanos horizontes.
Luego de unas horas de caminata llegamos a la "cancha de fútbol",
llamada así por ser un espacio amplio de piedra arenosa. A los
lados, imponentes masas rocosas como cuerpos de animales prehistóricos
parecen caer hacia nosotros empujadas por los silbidos del viento que
corretea entre ellas. Unos pasos más y desde esa altura, se abre
hacia abajo un inmenso espacio, un espacio invertido: lo alto en la cancha
de fútbol ahora muta como depresión que aloja a una laguna.
Cima de un lado, abismo del otro. Siempre lo alto asciende desde la más
honda profundidad. La depresión ocupada por el agua da lugar a
la elevación que atravesamos antes. Una helada masa de agua, circunscripta
por una olla de nieve. ¡Vientos helados atraviesan como un bisturí
nuestra alma! Y ya abajo la laguna es lugar ideal para descansar y comer
algunas provisiones. Sólo queda una hora de caminata, y luego el
refugio Frey, a 1.700 metros de altura.
Adentro el espacio es poco, pero decidimos amontonarnos con otros viajeros
porque nos persigue una tormenta furibunda que amenaza con derribarnos
si continuamos a la intemperie. Para la noche, el menú será
pizza y cerveza. Un motivo más para quedarnos.
FINAL DE TRAVESIA: REFUGIO JACOB
Un trozo de hielo como un botecillo minúsculo se desprende del
borde y queda en el agua, flota suspendido en la superficie inmóvil.
Y suspendido queda quizás también el tiempo. El tiempo se
detiene, el aire se detiene, los sonidos lo hacen. Silencio abismal, frío
abisal. Quietud. Sólo unas aves y nosotros, y retazos de hielo
que se desprenden.
Las horas pasan, pero sólo lo percibimos por la transformación
de la luz en el agua, en el hielo, en nuestros cuerpos. Es la laguna Témpanos,
a más de 1.500 metros de altura. Accedimos trepando moles de piedra
desde el refugio Jacob. Y allí nos quedamos. Detenidos.
Al refugio Jacob -también llamado San Martín- se llega
partiendo de una zona denominada "El Tambo" y tomando la picada
que bordea el arroyo Casa de Piedra. El arrullo cristalino del agua, el
susurrar del viento en los árboles y el silencio poblado de melodías
acompañó musicalmente nuestro andar sosegado que logró
hacernos olvidar por un tiempo de la verborragia urbana. El trayecto fue
delicioso, a través de un sendero solitario y melodioso que ascendía
por entre piedrecillas desprendidas de las rocas.
La construcción de madera nos aloja en la noche, junto a la laguna
que da nombre al refugio. Afuera la montaña custodia los sueños.
Dormimos, físicamente cansados pero con el alma impasible y serena.
Dormimos y la noche estrellada es absoluta en su inmensidad. Dormimos
y en sueños la voz de Zaratustra susurra la invitación a
ser escaladores de cumbres. "Todo caminar es un ensayar y preguntar.
Este es mi camino, ¿cuál es el vuestro?, pues el camino
no existe". Seguimos hasta allí el andar del profeta. Fue
su andar. Fue nuestro andar. De inventar caminos se trata, de inventar
e inaugurar senderos, trayectos, recorridos; y no sólo en Bariloche,
sino inventar en la vida, en el espacio reservado para la existencia.
Y ser siempre caminante, caminante escalador de cumbres.
¿CUÁNDO IR?
El refugio Neumeyer y el Frey están abiertos todo el año;
a este último sólo se accede en verano, por el filo del
cerro. El refugio Jacob está abierto desde el 15 de diciembre hasta
el 15 de abril.
¿CÓMO LLEGAR?
Al refugio Neumeyer puede llegarse en camioneta, que parte del Club Andino
en el centro de Bariloche. Al Frey puede accederse por la picada del cerro
Catedral o por el filo, travesía más difícil pero
de mejor paisaje. Al Jacob se llega bordeando el río Lecho de Piedra.
RECOMENDACIONES:
Empezar por algunas caminatas cortas hasta que el cuerpo se entrene y
de a poco llegar a los lugares que requieren mayor exigencia física.
En el Club Andino puede pedirse información y asesoramiento: queda
en 20 de febrero 25, en San Carlos de Bariloche, el horario es de 9.30
a 13 y de 17.30 a 21, de lunes a sábado. Teléfono: (02944)
423918. E-mail: transita@bariloche.com.ar - transitando@bariloche.com.ar
No llevar cosas de más, pero sí buenas botas y una campera
impermeable.
Respirar hondo e hincharse los pulmones de aire puro, durante todo el
viaje.
PRECIOS Y OTROS DATOS:
En los refugios hay dormitorios comunitarios. En general suele llevarse
bolsa de dormir para colocarla sobre los colchones o colchonetas que te
ofrecen. En algunos también hay frazadas. Hay cocina que puede
utilizarse para cocinar alguna comida, o a veces por poco dinero puede
comprarse comida ya preparada.
El pernocte en el Neumeyer y el Frey cuesta USD 6 aunque en este último
te cobran USD 3 por el uso de la cocina. El Jacob cuesta USD 7 y USD 3
por el uso de la cocina.
En la mayoría también podés elegir acampar al aire
libre por USD 3, siempre llevando tu propio equipo.
Lorena Gianola
Especial Fiesta de la nieve 2001
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